Nacer bien lejos, en el instante más alejado de la muerte. Crecer entre hombres callados, que no quieren hablar, que ocultan la existencia de la muerte. Adivinar en la siesta una ausencia similar a la de la muerte pero que, en realidad, no le llega ni a los tobillos. Y por fin, conocer la muerte verdadera, muerte de los pies a la cabeza: la muerte que no empaña los espejos, la muerte que lleva los ojos abiertos y la mirada muerta. Olvidar, por un instante, la muerte. Resucitar, renacer a la vida y ser inmortal: acariciar la vida desde las suelas hasta la frente y besar hasta el más áspero de sus suspiros. Hacer, tal vez, algo contra la muerte: amar, sembrar un hijo y plantarlo en el principio, bien lejos de la muerte. Presentir la muerte en la última pitada de un cigarrillo, en la vereda de una calle cualquiera o en la espalda de una mujer que se va. Aspirar la muerte, oler la muerte por los cuatro costados, sen...