Ir al contenido principal

Canción de Andrea

“Qué desgracia saber
tu nombre mañana…”
Javier Marías

Para vos
desordené un poco mis ideas
y empecé a rumiar
estas palabras:
Andrea,
vamos a cabalgar la luz.

Entonces las palabras
sobraban:
apenas bastaba el calor invisible,
apenas el éxtasis cotidiano,
apenas los días interminables.

Me colgué del sol
para saber
cuántos párpados caben
en una tarde;
y sólo vos venías
a lavarme los labios,
a lavarme la frente.

Andrea lavándome los labios,
Andrea lavándome la frente...

Para vos
miré por la ventana
y le mordí los talones a dios,
masticando estas palabras:
vamos
a anidar en la luz, Andrea.

Las palabras ahora
arman desiertos inválidos,
declaran una guerra
tácita;
y sólo tu silencio viene
a clavarme los labios,
a clavarme la frente.

Andrea clavándome los labios,
Andrea clavándome la frente...

Para vos guardo
todas las inútiles esperanzas hoy,
todos los nombres de nuestro tiempo en común,
todas las noches, todas las sábanas,
todos los ciclos, todas las mañanas
mordiéndome los ojos para no llorar.

Todas las tardes escribiendo
las palabras
que no te alcancé a recitar:
Andrea,

vamos a dormir la luz...

Comentarios

Entradas populares de este blog

De las Simetrías del Tiempo

Si yo viviera cien años andaría por las tardes oprimido por los recuerdos, ciego de tanta luz, con los movimientos vagos e imprecisos de un sonámbulo. El atardecer sería un claustro casi eterno del que me costaría escapar, y abrazaría la llegada de la noche como se acepta un mal menor. Cada noche duraría innumerables noches, asediado por el insomnio acumulado, contenido de años de múltiples aplomos. Despertaría en la madrugada sin saber bien cuándo me he dormido, recordando un rostro, enterrado y desenterrado tantas veces que ya habrá perdido su identidad y será algo abstracto, anónimo, puro recuerdo desnudo. Si yo viviera cien años, si llegara a esa edad infame, imperdonable, supongo que recibiría cada día con menos alegría que resignación, con el pulido temor con que se respeta lo cotidiano. Supongo que cortejaría y odiaría entonces la idea de la muerte con la misma triste ternura con que lo hago a...

Guerra de los Mundos

Hijos de nadie somos, hijos de un amor que ya no existe (un nuevo silencio y algunos años acostumbraron al amor). Dios y el diablo comen del mismo plato, y nosotros somos las migas. En las aristas de todos los techos, la lluvia se cuelga para secarse y pensar. En los bares, cada cigarrillo está jugando a la muerte. Vacíos vasos volviendo convexo al mundo, vidrios inanimados derramando ángulos tiernos y dios, a último momento, remedando jirones del espacio. Padres obligados somos, padres de palabras y pobres de tiempo para animarlas (un viejo silencio nos aguarda en la esquina de cada verso). El diablo y dios se limpian los zapatos, y nosotros somos el barro. El hambre dibuja charcos en la vida, dibuja y pinta lágrimas atonales en los huecos del aire. Manos cóncavas deteniendo el tiempo a media calle, caras redondas desfigurando el sol. Narices llorando, ojos oliendo, y todos, a últ...

El Charco Eterno

“...entonces el tiempo se convierte en tu desdicha”. William Faulkner 13 de enero. Llueve desde hace tres días. Estoy escribiendo, quizá impulsado más por la necesidad de hacer algo que por la necesidad de contar nada. Estoy escribiendo, como otros hacen ejercicio, trabajan o miran televisión. Para poblar el tiempo, para variar esta enfática mediocridad, para no embrutecerme o para terminar de embrutecerme del todo. De cualquier forma, no hay demasiado que contar, al menos en lo que respecta a hechos físicos. Probablemente, más tarde o más temprano, termine escribiendo de él. Quizá sea lo único que refiera, directa o indirectamente. Se lo llevaron hace mucho tiempo, y lo raro es que tal vez ya ni siquiera lo recuerde por sí mismo, sino, apenas, como un símbolo. 15 de enero. Éramos chicos. Desde que habíamos empezado a cursar a la mañana, íbamos todas las tardes, a las cinco en punto, a la salida de la escuela de las monjas, para ver a las chicas en polleritas. Por su...